En los rincones más profundos de las cuestiones humanas, en los lares subterráneos del inconsciente, yace una pregunta. Una que inocentemente, pretende arrojar luz a los haberes del diario transitar por el mundo. No podemos escapar de la incertidumbre de aquello en lo que radica el disfrute del vivir.
Pienso que llegamos a experimentar esta travesía multicolor (a veces es color monotonía, otras, color adrenalina, melancolía, o amarillo) ahogadísimos en cándida imbecilidad, y nuestro alcance de agarre de propiedades a coleccionar en un intento de otorgar sentidos a nuestro habitar en ella (en la travesía) solo da para lo superficial, para lo reemplazable. Sé muy bien que es difícil defender esta premisa sin sonar ingenua o preciosista, sé también que no es una perspectiva nueva, pero es que no puedo, ni con las manos, ni a cubetadas, vaciarme del dolor ni de la rabia de la que se me inunda el cuerpo cuando la ceguera se hace palpable y transmuta para ser un mal del corazón.
Un buen vino depende del buen cultivo de la tierra y de la buena crianza del fruto. Sí, del vientre calentito de la madre nacen jugosas dichas que se moldean con las manos callosas de los que la siembran, una fusión dancística de materia orgánica consciente. Claro que sólo nos damos cuenta de esto si sirve para ponerse en la etiqueta que va a traer dinero a frentes enaltecidas y narices largas que no tienen curtidos los dedos ni la piel quemada, o peor aún, para ser carnada de pececillos que se alimentan de alardes y gustan de atragantarse en sus falsedades sobre cómo “la vida se trata de pequeños placeres, como el dulzor de un buen vino”.
Puede que la cerveza se vea a sí misma efímera, por eso no conoce de etiquetas que la eleven ante las miradas de alrededor, y se disfruta con todo y su amargura. No voy a mentir, este tema me resulta extremadamente chocoso y pretencioso, pero he de comparar: pienso en la vida más como una cerveza.
Pienso que el disfrute radica en sabernos cortos y en aprender a “esencializarnos” en los flashazos de colores, en penetrar la capa de materialismo que posee la travesía y preguntarnos qué es lo que realmente importa conservar sobre lo que experimentamos sensorial y sentimentalmente. Ver nuestro rostro junto a uno querido, que las frentes y las narices estén en alto solamente para sentir las gotitas de agua en el nublado, que el esfuerzo de un trabajo no quede asfixiado en una botella opaca.
Claramente no creo que absolutamente todo lo material sea malo, solo quiero que todos seamos capaces de tener presente todo lo que conlleva su proceso de vida y su función en la nuestra, y cómo eso también
es valioso. Que no insultemos nuestra propia existencia reduciéndola a presunciones. Siempre, siempre cuestionar motivos, siempre pensar que aunque la travesía se disfruta siendo vino, también se disfruta siendo cerveza.
-Ainara Zapata Rodríguez-