GACETA INSP

Y entonces, brincas a pesar de los nudos en la frente. Husmeas la tierra, la estás cavando. Le haces un hoyo para meter la nariz y quizá algún sueño que tomaste de la primavera que tienes adentro del cerebro.
Te paras con las patas apoyadas en la barda del patio y te asomas. Solo por curiosidad, no vaya a ser que se te ocurra pegar el salto al otro lado. Decides distraerte con los olores: carne cruda, pinol verde. Con los sonidos: los niños engorrados y enchamarrados van saliendo de la escuela; lo sabes porque van riendo y contando barbaridades. Algún caballo, algún coche, alguna melodía de las charlas ancianas, grises, arrugadas. Los sinsentidos del mundo te azotan: solamente eres Papalote.
Oh, ser un papalote. Una cometa, un algo de colores que se eleva y todo lo ve. Te preguntas por el agua unos instantes, y te acuerdas de la vez en la que escuchaste del mar al otro lado de tu trinchera solitaria. Se te agrandan las pupilas y te pierdes en las palabras que aprendiste: salado, azul, salvaje, vivo. O sea, el hueso, el cielo, tú y tú. Eres el mar y en ti también está él. Te das cuenta del milagro y te vas de ahí. De qué vale preguntarse por lo conocido, piensas. La sangre te hace cosquillas cuando le das otra vuelta al carrete, y te excitas porque eres la maravilla mundial que se expande y se escurre. Te muerdes la lengua, corres y ya hasta estás volando, pensando en el mar. Te figuras que él está hambriento y se come a aquellos que te tiran piedras cuando duermes. Gruñes ante el trazo áspero de las piedras volando hasta tu espalda; se revienta la nube blanca de tu imaginario. Te olvidas del mar.
Ahora que hay espacio para pensar en otras cuestiones, notas un vacío súbito. Tus órganos están clavados en el suelo y te das cuenta: no es el mar, no son las piedras. Probablemente tienes hambre. Caminas hasta el plato que ya te espera con una colina de alimento. Una colina. Te ves rodando hacia un abajo infinito mientras sientes el verdor silvestre en las almohadillas de las patas. Ese que no dejaste de sentir desde el día en el que cruzaste fugazmente la casa para asentarte en el jardín. Tu jardín. Pegas unos lengüetazos al agua clara del tazón y caminas presumiendo un nuevo sistema de riego. Al parecer, los mechones largos de tu pelo crespo y gris son conducto más eficiente que la serpiente plástica que reposa entre los dientes de león.
Te dispones a recostarte, cuando escuchas prisa. Intuitivamente y con exaltación, te incorporas para correr a asomarte nuevamente por la barda. Pero sin saltar. Te duele saltar. Se acerca, lo escuchas; cada paso ligero es un palpitar, cada exhalación devuelve al mundo soplos de vida, crees que escuchas la libertad. Mueves la cola, levantas las orejas… Y pasa. Un joven tortuga al que le urgía salir de la secundaria. Y la estela de polvo. Y la brisa sudada.
Te quedas quieto ante otro despegue interrumpido. El hilo de tu carrete aprieta el encierro. Te resignas a preguntarte lo mismo todas las tardes. Miras el brillo vital que desciende al otro lado del patio, en el horizonte rojo que se alinea con tu barda de concreto blanco. Por alguna razón que no entiendes, ya ni la luz ni el calor vespertino alcanzan tu cuerpo. Metes la cara entre las patas inmensas, esperando.

Te relames los bigotes, cierras los ojos: el viento se calla y el aterrizaje es pacífico. Ainara Zapata Rodríguez


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