En la actualidad, es común encontrar en tiendas, supermercados y farmacias una amplia variedad de productos ultraprocesados que se promocionan como aliados del rendimiento físico y la energía. Entre los más populares, se encuentran las bebidas energéticas, las bebidas isotónicas (sueros) y los snacks proteicos, como las barritas (Jasák y Szente, 2012; Flores-Gómez et al., 2022). Estos productos se consideran ultraprocesados porque son elaborados mediante técnicas industriales complejas y contienen grandes cantidades de ingredientes asociados con el desarrollo de enfermedades crónicas, como azúcares añadidos, sodio, grasas saturadas o trans, saborizantes y otros aditivos. Además, suelen tener una alta densidad energética, es decir, muchas calorías por porción (ISSSTE, 2024). Si bien, las bebidas deportivas y barritas energéticas fueron creadas originalmente para mejorar el rendimiento y recuperación de personas con altas demandas energéticas, como deportistas de alto rendimiento, hoy están al alcance de toda la población (Maldonado, 2023).
Esta amplia disponibilidad contrasta con los bajos niveles de actividad física en el país. En México, solo 2 de cada 5 adultos mayores a 18 años realiza la cantidad mínima de actividad física recomendada por la Organización Mundial de la Salud (INEGI, 2025): al menos 150 minutos por semana, es decir, aproximadamente 30 minutos diarios de actividad física. No obstante, el consumo de bebidas energéticas o electrolitos solo está recomendado cuando se realizan esfuerzos de intensidad moderada (más del 70 % de la frecuencia cardiaca máxima) durante más de 60 minutos, o esfuerzos de alta intensidad (más del 80 % de la frecuencia cardiaca máxima) durante más de 30 minutos. Por su parte, las barras energéticas están indicadas únicamente para esfuerzos de alta intensidad prolongados (más de una hora) o con cargas elevadas de entrenamiento de fuerza. Si bien, estas recomendaciones pueden ajustarse con base en la tasa de sudoración y la concentración de sodio en el sudor, puede asumirse que la gran mayoría de las personas que realizan actividad física en México no alcanzan los umbrales necesarios para justificar el consumo de estos productos.

El consumo de productos dirigidos originalmente al rendimiento deportivo se ha generalizado incluso en personas que no realizan actividad física intensa o regular (Ramón-Salvador et al., 2013). En gran parte, esto ocurre por las estrategias de marketing utilizadas por la industria alimentaria, que promueven estos productos como opciones que mejoran el estado de alerta, el rendimiento cognitivo y físico, o como fuentes “saludables” de proteína, fibra, vitaminas y minerales. La industria ha logrado posicionarlos como productos necesarios no solo para mejorar el desempeño deportivo, sino también para enfrentar situaciones cotidianas como el estudio o el trabajo (Itany et al., 2014; Ramón-Salvador et al., 2013). Las redes sociales han sido un vehículo crucial para su expansión al concentrar gran parte del público joven y adulto (Malinauskas et al., 2007). Influencers, figuras del fitness y atletas patrocinados suelen promocionarlos como claves para mantener la energía, la concentración o la hidratación a lo largo del día (Coriat-Cabeza y Chávez-Díaz, 2023; Baca-Montoya y Manrique-Meléndez, 2023). Además, su venta no está regulada, lo que permite que niñas y niños, adolescentes y personas adultas accedan libremente a ellos (Maldonado, 2022).
Entre los productos más consumidos se encuentran las bebidas energéticas, bebidas isotónicas y barras energéticas. Aunque su publicidad resalta sus supuestos beneficios como mejorar el rendimiento físico y cognitivo o aportar nutrientes, su consumo fuera del contexto deportivo puede implicar riesgos. Las bebidas energéticas, por ejemplo, contienen cafeína, en combinación con taurina, vitaminas, minerales y otros compuestos, lo que puede producir efectos adversos como hipertensión, taquicardia, ansiedad y alteraciones cardiovasculares (Gutiérrez-Hellín et al., 2021 Chang et al., 2017). Además, su uso frecuente puede generar dependencia, reduciendo el rendimiento y aumentando la tolerancia (Zucconi et al., 2013). Las bebidas deportivas o isotónicas, aunque formuladas para reponer electrolitos tras esfuerzos físicos intensos (Muñoz-Urtubia et al., 2023; PROFECO, 2022), pueden contribuir al desarrollo de sobrepeso, obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes e incluso caries dental, si se consumen habitualmente sin requerimiento fisiológico. Finalmente, muchas barras energéticas contienen altas cantidades de azúcares, grasas y carbohidratos. Incluso las versiones «sin azúcar» pueden incluir edulcorantes o alcoholes de azúcar, cuyo consumo requiere precaución y una clara identificación en el etiquetado (PROFECO, 2019). Diversos estudios vinculan el alto contenido de cafeína, azúcares simples y sodio de estos productos con un mayor riesgo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares (Hall et al., 2022; Meng et al., 2021; Filippini et al., 2022 Del Ciampo y Lopes, 2018).
Por estas razones, organismos como la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) y la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) han recomendado evitar el consumo de bebidas con cafeína en niños, niñas, adolescentes, mujeres embarazadas, personas con enfermedades cardíacas o con sensibilidad a estos componentes (COFEPRIS, 2016; Maldonado, 2023). Asimismo, en México se han implementado políticas para garantizar que las y los consumidores tengan acceso a información clara sobre el contenido excesivo de ingredientes como azúcares, sodio o grasas, cuyo consumo puede ser perjudicial para la salud. La evidencia científica respalda la necesidad de establecer regulaciones más estrictas sobre su venta y publicidad, así como campañas de información que permitan a la población tomar decisiones informadas.
En conclusión, si bien estos productos pueden tener utilidad en contextos muy específicos, su uso generalizado y sin supervisión representa un riesgo para la salud pública. No todos los productos con imagen deportiva son saludables, y muchos de ellos están lejos de ser necesarios para la población en general. Es momento de poner en la balanza los beneficios reales frente a los posibles daños, y de recordar que la mejor forma de cuidar nuestra salud es con alimentación adecuada, hidratación con agua simple y actividad física regular.
